martes, 22 de junio de 2010

Viajar en subte un día normal en la hora pico

Hay dos momentos en los que el subte es una batalla. Uno es la franja horaria que va de las 7 a las 11 y el otro es de 16 a 18. Entiendase que ambos se deben a la entrada al trabajo y el regreso al hogar respectivamente.

El caso que voy a narrar es el de la línea A, la cual sus últimas estaciones desembocan en calles del microcentro (Lima, Piedras, Perú y la Plaza de Mayo). Es es el motivo principal por el cual mucha gente se toma este subte. La estacion donde se produce el llenado del subte es la estación Plaza Miserere. En Lima se baja la mitad de los pasajeros, pues es el lugar de combinación con la línea C, la cual también posee sus calles en zonas del microcentro (San martín, Lavalle, Diagonal Norte).

Antes de subir al vagón guardo cuidadosamente los objetos importantes (celular, billetera, mp4 y llaves) en un bolsillo de difícil acceso. Sé que así como en el tren viajan personas que trabajan, también usan este medio de transporte quienes se dedican a robar. Subo al subte. A la mañana está cada uno de los vagones casi todo lleno, lo cual incomoda, ya que hay poco espacio para moverse.

Conseguir agua en un desierto podría resultar más fácil que un asiento a esa hora. Un ejemplo de esto es ir a la estación terminal (en este caso Carabobo) y esperar a que el subte se vacíe. En los andenes la gente llega de a grupos: en solo cuestión de segundos la cantidad varía de 10 o 20 personas a poco más de 100. Mientras el subte está por detenerse la ansiedad reina y la gente empieza a moverse hacia las puertas. Se abren. Comienza a correr el reloj y la desesperación por sentarse. Se van desnudando todas las diferentes expresiones del egoísmo: empujones, correr más rápido, dar pasos más hábiles. Parece un juego en el cual la consigna sería "el que se queda sin sentarse pierde. No creo que los asientos libres lleguen al minuto sin ser ocupados.

Comienza el viaje y la atmósfera se torna densa y pesada. Resulta difícil hacer un movimiento estando todos apretados. Para agarrar mi mp4 no puedo evitar perdjudicar a quienes tengo a mi alrededor. Cada segundos voy tocando mi bolsillo para constatar que no me hayan robado nada. Entonces tomo la decisión de dejar la mano cruzada y parezco los jugadores de futbol cuando cantan el himno de su país.

Estoy intranquilo, como así deben estar los demás. Cada cambio de estación es un lío. Una persona quiere bajar y empieza a pedir permiso, tratando de esquivar a las personas como si fueran obstáculos que tiene en el camino. Eso implica que hay que cederle el paso. Y cuesta. Suben las personas y aunque no son muchas cada vez queda menos espacio.

El vagón entero se prepara para Plaza Miserere. Las puertas se abren y comienza la debacle. Los que quieran bajar tendrán que hacer como un simulacro de batalla de la Edad Media, en la que los ejércitos enemigos iban al choque. Hay que llegar rápido afuera, porque la gente entra y atropella y no se va a correr porque cada uno busca su lugar.

Subir al tren pareciera la salvación. Como si fuera una cuestión de vida o muerte. Siempre hay uno que, como no puede entrar porque el vagón está lleno, se agarra del techo y con su cuerpo hace de palanca empujando hacia adentro. A veces entra y otras veces es expulsado afuera como si hubiese una barrera protectora.

En la estación Lima el subte se descongestiona. El espacio empieza a liberarse y una sensación de alivio empieza a acompañar al cuerpo en la sensación de poder moverse, tener espacio para acomodarse.

El gentío circula por los pasillos para hacer las combinaciones, así como también se produce un embotellamiento en la escalera mecánica.

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