Cumplía mi mejor amigo. Estaba a punto de tomarme el tren para ir a su casa. Iba escuchando música de mi mp4, tranquilo. Entro a la estación de Once. De repente, una escena que sucedió tan de golpe me sorprendió hasta tal punto que me frené y observé atento lo que ocurría.
Un muchacho alto con una camisa azul y un jean (por cuya apariencia rondaba los veinticinco años) avanzaba con paso que expresaba decisión y empuje hacia otro que vestía campera de jean y llevaba consigo una mochila. Alcancé a ver como unas trompadas se estrellaban contra una cara sin reacción ni respuesta. El joven de campera de jean había recibido por lo menos 5 piñas.
Al principio pensé que era una broma, pero la irrupción en la escena de otros dos hombres, los dos unos centímetros más bajitos y uno de ellos fornido, que también vestían una camisa azul (lo que me llevó a comprobar que trabajaban en el mismo puesto, un local de comidas rápidas ubicado a metros a la izquierda de la boletería que estaba en el centro de la estación) me hizo ver la realidad. Esos dos hombres ayudaron a golpear al que pertenecía a su equipo.
Me acuerdo que fueron pocos golpes los que recibió parado aquel joven, pues en pocos segundos cayó de espaldas contra el suelo. Entonces los agresores cambiaron sus puños por patadas. Y la escena era observar cómo 6 pies se movían alrededor del agredido que estaba en el suelo (que hacía lo posible por defenderse) y cómo conectaban en todo su cuerpo. Recuerdo una imagen que me impresionó: ver cómo una patada enérgica impactaba en la cabeza, desplazándola por lo menos 10 centímetros.
Pude notar que en la mejilla izquierda del hombre, que intentaba ponerse de pie con sus dos brazos apoyados en el suelo, se dibujaba una línea roja encargada de repesentar lo que sería el adjetivo calificador de aquel hecho: violento.
Y aquí comenzó la segunda escena terrible: el herido que intentaba reponerse cayó pesadamente hacia atrás de espaldas sin poder realizar un movimiento. Inmediatamente pensé que había sucedido lo peor: se desmayó o murió. Afortunadamente ninguna de las dos.
Una voz de un hombre que estaba por allí, que sería cliente del local, pues después volvió a la barra que tenía el local, ayudó a calmar la pelea. O quizás los 3 compañeros no tenían más ganas de golpear, o puede ser que ya habían dado lo que consideraban suficiente, o tal vez se tranquilizaron por este señor y por la casi veintena de personas que estábamos de curiosos. "Ya está, ya fue" alcancé a oír de su voz que por la distancia (unos 10 metros) se hizo bajita. Tomó a uno de los agresores de los brazos y éste se dio vuelta y regresó al local. Un policía apareció y se puso a charlar con el agredido.
Me dirijo hacia la boletería y observo que el tren más próximo salía a las 22:27. Miré mi reloj. me quedaban algo más de 5 minutos. Pensé en que tenía un poco de tiempo para registrar algo más. Recibo el boleto y vuelvo al lugar de los hechos. Veo al hombre bajito y fornido abriendo un horno gigante, trabajando. A unos dos metros a la izquierda del local estaba el joven ensangrentado amenazando a los muchachos del local. Decía que los iba a cagar a trompadas y que vayan hacia él. Al ver que los muchachos seguían atendiendo gente pensé que no iba a pasar nada más.
Caminé hacia la estación que estaba detrás del local. Algo hizo darme vuelta: el joven parado en la mitad de la barra del local en una actitud provocativa hacia los integrantes de la paliza que recibió. Como lo ignoraban optó por agarrar el servilletero que estaba a disposición de los clientes y lo puso en posición de lanzárselo. Uno de los que estaba ahí lo paró.
El policía fue avisado por un pasajero que andaba por ahí y corrió hacia el lugar de la escena. En solo segundos pude ver cómo se alejaba el golpeado. Miré mi reloj y quedaba solo un minuto y corrí hacia el tren.
viernes, 9 de abril de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario