La segunda tuvo casi el mismo discurso. Palabras más o quizás frases alargadoras. Pero la misma idea y sentido. Ausencia de combustible.
El radio comenzaba a tornarse largo y agotador. La impaciencia se tornaba en ansiedad y desesperación.
A las tercera y cuarta estaciones de servicio directamente el paisaje hablaba: ante tanta necesidad de buscar combustible era raro que parecieran abandonadas, donde a lo sumo había uno o dos coches. Ni me acerqué.
Parecía una lucha por la supervivencia, en la que se mostraba las peores facetas del ser humano por intentar salvarse, sin pensar en los demás: el lugar cercano para conseguir nafta, como los puestos en la fila) se vendía caro, al precio de soportar temperatura alta y un tiempo indeterminado, el cual no era menor a 20 minutos. Nadie estaba dispuesto a cederlo. Si había que cargar, que fuera todo lo que pueda, si el otro se quedaba sin nada, ¿Qué importaba?.
Hasta que divisé una en la esquina, pero una cuadra antes: desde ahí empezaba la cola. A esperar se ha dicho!. Autos quietos. Avanzaban en cuestión de minutos. De la ansiedad, cada segundo parecía no pasar más. Cuando solo 4 ó 5 autos me separaban de poder cargar vi que el coche que estaba adelante mío se marchaba por la avenida. Induje que no había más. El playero haciendo señas me lo confirmó.
Resultado, me tuve que tomar un remis hasta la zona oeste: $ 180 salió. Un precio elevado como consecuencia del desabastecimiento de nafta.
Frente a este panorama a uno se le ocurren frases del tono "¡Qué país!", "No dejan nada", "Cuando empiecen las vacaciones va a ser un quilombo!", "La gente saca todo para estar tranquilo", "hay que llenar el tanque", "tienen que poner un máximo de 10 litros por carga para que alcance para todos".
Las formas de comunicar el desabastecimiento: los playeros diciendo "no hay nada"; cárteles en los surtidores con el "no hay nada" escritos en birome en una hoja común y corriente, oficio, rayada, como improvisados, para salir del paso; algunas estaciones de servicio adornaban los surtidores con bolsas de supermercado, que se movían al compás del poco viento que había.
En la zona oeste, me dijo el remisero que el límite para cargar era de 10 litros. Mientras lo escuchaba pensaba si iba a poder terminar el recorrido, aunque su trabajo requiera tener el coche con la suficiente cantidad de nafta.
Me imaginé los millones de destinos turísticos a los que la gente soñaba ir y las miles de estaciones recorridas para cargar nafta y estar tranquilo en la ruta, en un contexto como este. Todas aquellas personas que pueden cargar de antemano y en una cantidad suficiente como para abastecer un buen rato. Los barrios, las historias.
La próxima vez buscaré el horario más temprano posible, cuando en la calle no habite más que el despertar de la mañana. ¿Habrá a esa hora nafta?. No sé, la incertidumbre ganó las calles de Buenos Aires.